BENEDETTO XVI
CONTINUA A DELUDERE E A FARE COME SE IL VATICANO II NON SIA MAI ESISTITO O CHE
SOLO LUI SA INTERPRETARLO?
L'ex-presidente dell'Uruguay Giulio maria Sanguinetti analizza le implicazioni della preghiera "per i giudei", che il papa ha ordinato di inserire nelle orazioni della settimana santa.
Triste retrocessione, un assurdo per una teologia seria, aperta, impegnata? Come é possibile?
La notizia è pubblicata nell'Agência latin-americana de Notícias (movimento ecumênico).
Católicos, judíos y ciudadanos
Por Julio María Sanguinetti. (*)
"Recemos
por los judíos. Que Dios Nuestro Señor ilumine sus corazones para que
reconozcan a Jesucristo, Salvador de todos los hombres. Dios, omnipotente y
eterno, tú que quieres que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad, concede, propicio, que, entrando la plenitud de los
pueblos en tu Iglesia, todo Israel sea salvado".
Esta
plegaria ha sido adoptada por decisión de Benedicto XVI el pasado 5 de febrero,
para ser formulada en la celebración litúrgica del Triduo Pascual -el Viernes
Santo- y así comunicada a todas las Conferencias Episcopales del mundo, con el
consiguiente revuelo entre las comunidades judías y aquellos que han
propiciado, desde sus respectivas religiones, el diálogo
"judeo-cristiano" abierto después del Vaticano II.
El tema desborda el debate religioso. Más allá de ese bienvenido diálogo, lo
que pone en cuestión la plegaria es el principio de tolerancia que preside la
vida institucional y social de los Estados democráticos modernos.
Que una comunidad religiosa pretenda difundir su fe, va de suyo. Que rece para
que todos los que no la profesan, encuentren su verdad, está en la lógica de la
actividad de cualquier activista de una creencia. Pero cuando una iglesia
constituida singulariza su prédica en los fieles de otra religión específica y
reclama que se haga lo necesario para "salvarlos" estamos entrando ya
en el camino de la intolerancia.
¿Con qué derecho, específicamente, se sienta en el banquillo de los acusados de
vivir en el error a los miembros de otra comunidad que ejerce el mismo derecho
que ella a creer en su Dios? No podemos ignorar que hacerlo con los judíos y
con "Israel todo", que debería ser salvado, es retornar al aire de
aquellos tiempos en que desde los púlpitos católicos se les condenaba por
"deicidio", como "asesinos de Jesucristo". Bien se sabe que
esa doctrina fue un elemento sustantivo para que los nazis pudieran desarrollar
su prédica antisemita y desatar el Holocausto, la mayor tragedia de nuestra
civilización. ¿Dónde estaba Dios? se preguntó el actual Papa cuando visitó el
campo de concentración de Auschwitz, y muchos, con incuestionable lógica, le
preguntaron dónde estaba entonces la Iglesia católica, silenciosa en momentos
en que ocurría una tragedia de la que tenía cabal noticia.
Por cierto,
la nueva oración no contiene las frases difamatorias de antaño: ya no se habla
de "los pérfidos judíos", expresión borrada por Juan XXIII. Sin
embargo, se inscribe en una dirección fundamentalista de peligrosa actitud
discriminatoria. Nadie puede ignorar que el pueblo judío ha sido de los más
perseguidos de la historia y, como ha logrado sobrevivir -a diferencia de otros
tantos que sucumbieron,- continúa en el centro de vastos escenarios de
prejuicio. El fundamentalismo islámico, y hasta jefes de Estado como
Ahmadineyad, proponen destruir el Estado de Israel y la nación judía y lo hacen
a grito pelado. Tampoco es un misterio reconocer que el prejuicio antisemita va
más allá, está aún vigente en el mundo y que la política de Israel, polémica
como todas las políticas, ambienta reacciones prejuiciosas.
En ese cuadro, cuando la Iglesia católica, tan parsimoniosa siempre, sale a
intentar la salvación de los judíos y de Israel todo, proponiéndose sacarlos
del mundo del error en que viven, es obvio que está reinstalando en la picota a
ese perseguido pueblo y de alguna manera volviendo a condenarlo. ¿Por qué no se
hace lo mismo con los musulmanes o con nosotros los agnósticos liberales, que
hoy podríamos debatir el tema al amparo de las garantías que nuestra filosofía
logró arrancar a los absolutismos?
Algunos voceros eclesiásticos alegan que la plegaria se ha aliviado de
adjetivos acusatorios y que, además, no se leerá necesariamente en todas las
iglesias, porque ella se inscribe en la rehabilitación del viejo misal, que no
es de empleo obligatorio. Pero no cabe agradecer a la Iglesia que se haya
corregido ella misma, limando viejas aberraciones inquisitoriales, del mismo
modo que no hace a la cosa el porcentaje de templos en que se lea la plegaria.
Lo que preocupa es la plegaria en sí misma, como expresión de un retroceso
cívico muy serio. E insistimos en la palabra cívica, porque es un tema de
ciudadanía.
La persecución racial, la intolerancia religiosa, la difamación histórica son
males endémicos que aún debemos combatir. No es razonable, por lo mismo, que
una Iglesia vaticana que venía evolucionando hacia el diálogo y la convivencia,
dé este paso atrás. Grande o pequeño no interesa. La cuestión es que la
mentalidad que está en la raíz de esa decisión no se compadece con los
esfuerzos de los últimos Papas y vuelve a sembrar una semilla de intolerancia
que no deberíamos observar con indiferencia.+ (PE)
(*) Julio María Sanguinetti fue presidente de Uruguay. Es abogado y periodista.